Martín Caparrós

Hoy voy a discutir con mi amigo Jorge Carrión. Primero que nada, porque es un placer poder debatir con alguien sus ideas sin amenazar por eso una larga amistad. Y, segundo que nada, porque sus argumentos me parecen interesantes, es decir: discutibles.

Este domingo Carrión publicó –en un medio discreto y tradicionalista que propone desde Nueva York, cada semana, tres o cuatro columnas de opinión y varias traducciones– un artículo llamado En defensa del papel, el aula y la memoria. Su síntesis lo presenta pidiendo que “por el bien común, sigamos privilegiando la docencia presencial, la lectura de libros físicos, la existencia de librerías, cines y otros contextos analógicos” –y el artículo propone esa postura: que, frente a la pandemia y otras alteraciones de la sociedad contemporánea, defendamos esas costumbres anteriores.

Para lo cual desarrolla sus argumentos: como todos, Carrión está harto de los debates y cursos digitales, que no dejan la huella que dejaban los presenciales, que excluyen los ruidos e imprevistos que aquellos producían. Yo también soy una víctima de ellos, yo también pienso que un encuentro físico –una charla, una clase, un debate– son tanto más placenteros y productivos que esa hora de zoom y dolores de cuello. Yo querría, como el que más, que volvieran aquellos; no por eso dejo de reconocer que el imperio de la virtualidad ha traído una ampliación y democratización del público que habrá que considerar cuando podamos volver a lo real –a lo que solíamos considerar real. Entre una charla en un festival literario de Zamora y esa misma charla en zoom o en instagram live la diferencia suelen ser unos cientos de personas más en el digital –y muchos están en lugares distantes, difíciles.

Pero eso se puede solucionar, y no es mi punto. Mi punto es que, en el artículo, la justa reivindicación de los encuentros personales sirve de introducción y justificación para reivindicar el libro de papel –sin mayores argumentos. Es lo que los retóricos llaman una “falacia de la verdad a medias”: cuando se presenta una proposición verdadera y se usa para postular que las demás también lo son. Que el zoom sea un auténtico coñazo, que nos prive del placer de lo palpable y lo imprevisto, que no consiga cumplir con la función de los encuentros, no significa que a los libros digitales les pase lo mismo. Ambos comparten, si acaso, el hecho de suceder en pantallas y de ser nuevos y de tratar de reemplazar viejas costumbres seculares, y muy poco más: si acaso la nostalgia, la idea de que casi todo tiempo pasado fue… ¿cómo es que era?

Me he pasado la vida entre libros –leyendo libros, escribiendo libros, imaginando libros, desperdiciando libros– y no consigo entender esa nostalgia. El libro fue una máquina increíble: una de las mejores maneras posibles de contener y comunicar un texto. Hay herramientas tan perfectas que nos cuesta creer que fueron inventadas. La escalera fue, durante milenios, la mejor forma de pasar de un plano más bajo a uno más alto; antes era trepar, la cuerda o liana, la rampa, pero la escalera las borró al primer tranco. El libro es la escalera de los textos: hace siglos que es la mejor manera de almacenar y difundir palabras, como antes lo fueron las tabletas, los papiros, los rollos. Ahora hay ascensores; durante décadas abuelos aprensivos los evitaron, pero ya pasó. Ahora la escalera, espléndida, orgullosa, no es lo primero que uno piensa cuando debe subir al piso 21. Y, cada vez más, el libro dejará de ser lo que uno piensa cuando quiere leer.

Los conservacionistas insisten en la superstición de que la forma inevitable de un texto es esa pila de hojas de papel unidas por un margen. Algún día habrá que pensar un poco más en las razones por las cuales ciertos críticos, ciertos renovadores, creen que la resistencia está del lado de las tradiciones. Uno de ellos, Umberto Eco, decía que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras: una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”. Para desmentirlo, hace unos años llegó el libro electrónico –la tableta tipo kindle, digamos, con perdón–: fue una mejora del concepto pero seguía siendo un libro. Borgianamente un libro: un libro de arena, lleno de páginas entre cada página, aparentemente infinito, tigres y espejos y lugares cada vez más comunes. Un kindle era un libro que, en lugar de cargar veinte cuentos, cargaba veinte mil –y no era poco.

El libro electrónico ofrecía la posibilidad de leer un texto que no pesa en la mano, que no pierde la página, que no precisa luz, que se puede anotar y consultar y exportar –y más que un libro era una biblioteca. Era cómodo, sí, pero además tenía otra virtud, seguramente involuntaria: liberó a los textos de su estrecha relación con la materia. Recordar el tacto, el olor, los colores de un libro de papel es muy simpático, pero también es cierto que esos efectos materiales no son el texto: son agregados que la industria les superpone, y que lo contaminan. No hay, en términos de literatura, ninguna buena razón para que mi recuerdo de Guerra y paz esté marcado por los márgenes breves de aquella edición de bolsillo y esa tipografía en cuerpo 11: Tolstoi no lo quiso.

En el libro electrónico, en cambio, lo que aparecía era puro texto, texto puro. En él, el soporte no era relevante porque todos los textos tenían el mismo aspecto, el mismo olor, el mismo tamaño; la materia no interfería en el flujo de las letras. En un libro electrónico el texto ya no tenía materia –y me imagino a más de un filósofo neoplatónico y más de un poeta romántico y más de un viajero empedernido celebrándolo. Pero no se trata de quién lo celebra sino del hecho de que esa es, cada vez más, la forma en que las cosas existen y se transmiten: dejando atrás límites de la materia.

Pero ahora el libro electrónico –el kindle, digamos– también se quedó atrás. Pareció que iba a ser un instrumento duradero pero pronto será una de esas tecnologías que desaparecieron rápido en estos tiempos de suplantación veloz, de búsqueda empedernida de la novedad –y del dinero.

El libro electrónico fue, decíamos, un avance en la autonomía de los textos con respecto a la materia. Solo que el avance no se detuvo allí. El proceso siguió y el objeto libro, la materia del libro electrónico, fue reemplazada por las materias más diversas o, mejor: por algo inmaterial. Ahora ya no debemos leer esos textos digitales en un aparato determinado; los leemos en varios. Alcanza con una aplicación: ceros y unos. Los textos se han independizado realmente de la materia que los sostiene. Son ubicuos: aparecen cuando los convocas en un teléfono, una tableta, un ordenador de falda o de mesa, una tele, un proyector –y cada vez es un milagro raro, el placer del reencuentro.

Esa es la auténtica ruptura, lo que nunca antes había sucedido: que el libro ya no es un objeto, que ya no existe un objeto libro. Que el mismo texto se puede leer en soportes tan distintos, que el “libro” es una función de esos soportes. Y la amplificación que eso supone: ya no es necesario tener un libro para tener un libro; todos tenemos un teléfono, así que todos tenemos libros –o la posibilidad de leerlos tras un clic.

El libro, decíamos, ya no es un objeto: es una función de objetos muy diversos. Así que ya no sirve seguir llamando a esa forma de leer en soporte digital “libro electrónico”. Por eso creo, querido Jordi, que no tiene sentido lanzarse contra algo que está dejando de existir, y que lo que vale la pena pensar, si acaso, es esta forma nueva. Y puedo entender que te guste más leer libros de papel: sobre gustos, ya sabemos, se escribe demasiado. Lo que no veo –y no lo cuentas– es por qué el bien común se podría ampliar al usar esos libros. No, no me voy a poner ecololó, no voy a llorar ahora sobre los troncos tronchados de esos bosques, pero igual no lo entiendo. Si me lo quieres explicar, estas páginas están abiertas para que lo hagas.

Y, si no, seguiremos juntándonos y hablando de libros y tú los habrás leído en un tocho de jirones de árbol y yo en tantos espacios y el texto seguirá siendo el mismo. Y seguro que estaremos de acuerdo en que vale la pena conservar lo que esos soportes soportan: la literatura –los relatos hechos de palabras–, cada vez más asediada por formas nuevas de contar. No parece fácil, pero la manía de contar con palabras siempre existió y es probable que siga existiendo: el bastidor que la sostenga será, como siempre, mutante y mutable.

Ahora hay, otra vez, entonces, uno nuevo: estos libros que están en todas partes y en ninguna –y que no tienen nombre todavía. Quizá se podría llamarlos librEs: un librE es un libro sin materia, un texto digital que se ha independizado de su antiguo soporte único, que pasa de uno a otro sin escollos. Un librE es esa forma sorprendente que tiene un texto de estar en todas partes y ser siempre él, siempre el mismo más allá de las vicisitudes materiales. Puro signo, signo puro, liberado de cualquier lastre físico. Un objeto realmente contemporáneo: un objeto que no existe como tal objeto, un concepto.

Eso es, creo, lo que podríamos tratar, ¿no te parece?

.

En voz alta: